POESÍAS DE VIDA - Día 7
DÍA 3 — FORMADOS CON PROPÓSITO
“Tus manos me hicieron y me
formaron.” — Job 10:8
En
medio de uno de los discursos más dolorosos de todo el libro de Job aparece una
imagen profundamente conmovedora. Job, quebrantado por el sufrimiento, mira
hacia Dios y reconoce algo que no puede negar incluso en medio de la confusión:
“Tus manos me hicieron y me formaron.”
El
lenguaje usado es profundamente íntimo y Job no habla de sí mismo como producto
de fuerzas impersonales ni como resultado de casualidad biológica. Habla de las
manos de Dios, la imagen evoca al alfarero trabajando cuidadosamente sobre su
obra maestra. En hebreo, el verbo utilizado transmite la idea de moldear, dar
forma con intención y cuidado.
La
Escritura presenta constantemente al ser humano como alguien formado
deliberadamente por Dios. No existe vida accidental delante del Creador.
Incluso cuando una existencia humana nace en medio de circunstancias dolorosas,
inesperadas o complejas, continúa poseyendo dignidad porque su origen último
sigue estando en Dios.
Vivimos en una cultura que ha reducido muchas veces la identidad humana a procesos químicos, a la genética o simplemente a la construcción social. Sin embargo, aunque la biología
explique mecanismos extraordinarios del desarrollo humano, jamás puede explicar
plenamente el misterio del valor humano.
Desde
el momento de la concepción existe un nuevo código genético irrepetible y
distinto al de la madre y el padre. La embriología moderna reconoce que el
desarrollo humano comienza en la fecundación, cuando aparece un nuevo organismo
humano con identidad genética propia (Moore, Persaud & Torchia, The
Developing Human: Clinically Oriented Embryology).
La
Escritura no utiliza lenguaje científico, pero describe con extraordinaria
profundidad la realidad espiritual detrás de ese proceso invisible. Dios forma,
Dios conoce, Dios observa y Dios da propósito.
El
problema de nuestra generación es que ha comenzado a valorar más la calidad
percibida de vida que la dignidad intrínseca de la vida humana misma. Se
pregunta si la vida del niño por nacer será conveniente, deseada o funcional
antes de reconocer que ya posee valor delante de Dios.
Pero
Job nos obliga a mirar más profundamente. El mismo hombre que ahora sufre
intensamente reconoce que su existencia tuvo propósito desde el principio. Y
eso resulta crucial, porque el valor humano no desaparece en el sufrimiento, la
desesperanza, los intereses del momento o cualquier otra cosa que se le ponga
por encima. La vida seguirá siendo sagrada.
Muchas
veces el aborto es presentado únicamente como asunto de elección personal. Sin
embargo, la Escritura constantemente dirige nuestra mirada hacia otro aspecto
olvidado: el niño por nacer también es alguien conocido por Dios. No se trata
simplemente de tejido biológico sin significado. Se trata de una vida humana en
formación bajo la mirada del Creador.
El profeta Isaías escribe: “Jehová me llamó desde el vientre.” — Isaías 49:1
Y el salmista declara: “Tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre.” — Salmo 139:13
La
Biblia nunca habla del vientre con indiferencia. Lo contempla como lugar sagrado donde
Dios obra silenciosamente la formación del ser humano; al mismo tiempo, este tema exige profunda compasión.
Existen
personas que leen estas palabras cargando culpa, heridas o recuerdos extremadamente
dolorosos. Muchas decisiones relacionadas con el aborto nacieron en medio de
miedo, presión, abandono o desesperación.
Por
eso la verdad bíblica jamás debe utilizarse como arma cruel. La verdad del
Evangelio confronta, sí, pero también restaura, perdona. Cristo no vino
únicamente para revelar el pecado, sino que vino también para cargar la culpa y
ofrecer redención por medio de la cruz.
Job
entendía algo que nosotros necesitamos recuperar urgentemente: cada vida humana
lleva, más allá de nosotros ser portadores de su imagen, Job muestra que
llevamos las marcas del trabajo de Dios y aquello que Dios forma nunca debe
tratarse con ligereza.
Vivimos en una cultura que muchas veces intenta definir el valor de una persona según su funcionalidad, autonomía o conveniencia. Sin embargo, aun la propia biología confirma que desde la concepción existe una vida humana única, con una identidad genética irrepetible. Detrás de cada embarazo hay mucho más que un debate social o ideológico: existe una vida en desarrollo, creada con dignidad y propósito. Cuando el ser humano pierde la capacidad de contemplar esta realidad con asombro y reverencia, corre el riesgo de deshumanizar aquello que Dios ha formado con amor.
Pero hablar la verdad
sobre la vida nunca debe hacerse sin compasión. Muchas personas cargan
silenciosamente heridas profundas relacionadas con el aborto, el temor, la
culpa o el abandono. Por eso, la Iglesia está llamada no solamente a defender
la vida humana, sino también a convertirse en un refugio de gracia,
misericordia y restauración para quienes sufren. Defender la vida también
significa acompañar, escuchar, sanar y reflejar el corazón compasivo de Cristo
hacia cada persona herida.
Preguntas de reflexión
personal
1. ¿Estoy viendo la vida humana como algo formado deliberadamente por Dios?
2. ¿Qué influencia tiene la cultura
moderna sobre mi manera de entender el valor del no nacido?
3. ¿Mi defensa de la verdad está
acompañada de compasión genuina?
4. ¿Cómo puedo reflejar el corazón
restaurador de Cristo hacia personas heridas?
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